Había una vez una niña que vivía en un lugar lejano donde no habitaban ningunas otras niñas o niños más.
La protagonista de nuestra historia se llamaba Mila, tenía siete años y era muy alegre.
Un día Mila, aburrida de jugar siempre con los mismos juguetes y de no tener a nadie con quien divertirse, decidió hablar con su padre para pedirle una mascota.
- Mañana tendrás una mascota muy especial, pero te tienes que comprometer a cuidarla- dijo su padre.
Mila aceptó y , al día siguiente, su padre le entregó una cajita en la que había un pequeño camaleón.
La niña lo cuidaba y lo observaba durante horas, los juguetes que tenía ya ni los usaba. Pero al cabo de las semanas, cuando una familia con dos niñas de su edad se mudaron, Mila empezó a olvidarse de su mascota y se iba con sus nuevas amigas. Su padre tuvo que hacer cargo del camaleón.
Una tarde, en la que sus amigas fueron con su madre de paseo, Mila se acordó del camaleón y fue a cogerlo porque se sentía mal por haberlo descuidado tanto. Sin embargo, el animal asustado se escondió rápidamente.
- ¡Papá, mi mascota no me quiere!- dijo.
- Mila, las mascotas necesitan cuidados y cariño de sus dueños y tú no se lo has dado, ahora se asusta de ti- le explicó a su hija.
Pasó una semana y no volvieron a ver al camaleón, hasta que un día Mila llorando por la pérdida vio en el jarrón una figura, ¡era el camaleón!
Desde entonces Mila entendió que aunque le gustara jugar con sus amigas, su mascota necesitaba su atención y sólo así podía ganarse su cariño.
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